Nada más bajar del
avión nos espera una noche muy húmeda, ha llovido y el suelo mojado y la
humedad que se pega en la piel lo refleja. Salimos del aeropuerto y cogemos un
taxi, aquí es donde realmente empieza la aventura.
Aquí las carreteras
son muy inseguras, los coches no tienen cinturones y no existen normas a la hora de conducir, así
que los 40 minutos de trayecto nos los pasamos sufriendo y deseando llegar al
hotel. Los coches se saltan los semáforos en rojo, no usan los intermitentes porque
pitan para avisar que van a adelantar, hacen adelantamientos por cualquier tipo
de carril y pasan muy cerca de bicis, animales y personas sin inmutarse.
Durante el camino,
observas la realidad de Calcuta. Hay gente durmiendo en grupos y dispersos por
todas las aceras, gente lavándose con el agua de los charcos, basura por todas
partes como si la calle fuese un vertedero, perros callejeros por todos los
lados y ratas que corretean tan tranquilas por la ciudad.
Llegamos a la puerta
del hotel y la gente nos mira como si fuésemos una atracción, para nosotros lo
raro es lo que estamos viendo y para ellos los raros somos nosotros. En el
hotel nos atiende un hombre muy simpático que conoce a nuestro profesor de los
años anteriores, los otros trabajadores duermen en los pasillos del hotel (aun
es de madrugada) y nosotros nos distribuimos en las habitaciones y volvemos a
alucinar. El baño no tiene ducha, hay que lavarse con cubos de agua, la
limpieza deja mucho que desear y decidimos entre todas que compraremos sabanas
nuevas porque las que hay no son fiables.
El calor empieza a notarse bastante y
nos toca relajarnos un poco y dormir, ya que en breve estaremos en pie para
desayunar.
Endavant, treu coses bones d´aquesta experiència, t´estimem.
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